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Kafka Nº 06
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Fragmentos de DESPUÉS DE GRECIA (DIARIOS 2006)

Francisco León

Para G.

JUNIO

Expresar la verdad en todo momento no sirve para tener más o menos razón en un mundo en el que la verdad no sirve ya para nada. Pero al menos sirve para evitar ser devorado por sus consecuencias.

El mentiroso únicamente desea salvarse de sí mismo.

El que escribe un libro para el lector es un escritor. El escritor que escribe para sí mismo es un eremita. Aquel que crea un libro mentalmente y jamás lo escribe es un dios.

El que escribe una literatura entera y la guarda en un baúl para imperios futuros es Pessoa.

Lo constitutivo del hombre es su imaginación: la poseen igualmente los asesinos, los tiranos, los poetas y los alemanes.

La mentira no es lo contrario de la verdad, es lo contrario de una salida de emergencia.

El origen de la falacia es una visión heroica de la verdad.

En el fondo, la verdad es una falacia intransigente.

Los asesinos y los sueños. Los nazis, por ejemplo, poseían un sueño, pero no sabían imaginar.

Tal vez la poesía no sea otra cosa que un sueño estructural y minuciosamente perfecto.

Un poeta que no sabe imaginar correctamente sería como un arquitecto que no sabe matemáticas. Todos esos poetas de imágenes fulgurantes, de roturas del sentido, de amalgamas inéditas, deben tener cuidado. Con frecuencia su esfuerzo es enorme, pero la casa se la llevará el primer airecillo que sople. El secreto reside en imaginar no el pormenor ―las piezas de belleza que encajamos en los versos― sino la trabazón general, el sistema de arcos y columnas, los contrafuertes y las piedras clave. En suma: imaginar bien es imaginar el templo desde fuera del templo.

AGOSTO

Todo poema genera mediante su lectura otro poema en la mente del lector: ninguno de esos poemas contiene el mismo número de piezas y elementos. Así los poemas se recubren de interpretaciones hasta que se vuelven un lugar en el que están todas las formas del sueño, y todos los sueños mismos.
La ficción suprema de Stevens no es otra cosa: es la posibilidad de todos los sueños en un solo sueño.

OCTUBRE

«Te pedí lo imposible, y me hablaste del antiguo amor». Con esa frase capturada al vuelo acaba la grabación que hicimos de los dibujos de Paco Acosta. Hoy he visto las cintas, desde las primeras pruebas con carbones naturales de diversos tamaños, diferentes polvos de grafito, dos tipos de tierra, etc., hechas en una pared aparte, hasta el momento en que regresó de buscar unas barandillas portátiles para asegurarme de que nadie tocara el dibujo. Me sentía tan contento de ver el dibujo de Paco terminado que mientras subía y bajaba las escaleras del Convento se me ocurrieron unas frases. Las iba gritando por los pasillos y, al subir, Paco me grabó: «…te pedí lo imposible, y me hablaste del antiguo amor». No sé cuánto dura la grabación; una hora por lo menos. Durante más de media hora, Paco se quedó sólo. Yo había salido al claustro alto porque me habían llamado por teléfono. Se oye la llamada. Abro la puerta, entra la luz, cierro, se hace la penumbra nuevamente. Durante ese tiempo, Paco continuó el dibujo en solitario. Al ver ahora la forma en que pintaba a solas, caigo en la cuenta de que el creador, como el poeta, ha de trabajar en la más completa soledad. ¿Cómo no lo comprendí antes, cómo no lo advertí desde el principio? Mi presencia, que yo consideraba una ayuda para Paco, una forma de reafirmar su confianza, lejos de animarlo, lo atenazaba. En cuanto salgo de la habitación, se ve que Paco se transmuta, se vuelve agresivo, rápido, trazando y respirando como si estuviera movido por una cosa autónoma. Hubo un momento en que hirió la pared. Lanzó los carbones, los disparó con rabia. Sacó un serrucho de mi caja de herramientas y rayó la pared.

Sin duda, la experiencia de producir esta exposición es la experiencia más interesante desde que llegué de Grecia. Hoy, pasado ya la tensión del trabajo, una vez hecha la inauguración y ver qué efecto causaba la película en los amigos, me siento completamente vacío, triste, como si me hubieran succionado todo lo que llevaba dentro. Estoy cansado, débil, como si arrastrara un sueño de siglos.

Llevo ya no sé cuantas semanas sin leer seriamente. Hecho un vistazo a los libros, los compro y enseguida me hastío de ellos.

NOVIEMBRE

IMAGINACIÓN Y ASESINO. Sólo hay algo peor un poeta sin imaginación: un poeta-crítico sin imaginación. Es el verdadero asesino de la poesía. Con toda razón mi admiradísimo Jünger consideraba el crimen como un efecto de su carencia.

DICIEMBRE

18 de diciembre― Ocúpate en pocos asunto, nos recomienda Marco Aurelio.

Domingo, 17 de diciembre― Largo sueño anoche. Mi padre se preparaba para salir a pescar: «La mar está cruzada», decía. Mi madre y yo nos mirábamos haciendo gestos con los hombros: no comprendíamos aquella expresión. Mi madre se enfadaba cada vez que mi padre decía «la mar está cruzada». Le era ridícula, y propia, no de un carpintero, sino de un pescador exagerado y mentiroso. Mi padre continuaba vistiéndose con ropas andrajosas y un sombrero de astracán. «La mar está cruzada», repetía. Después de un momento oyendo la misma cantilena, mi madre había llegado al punto de irritarse a consecuencia de que mi padre había olvidado por completo una cita con unos amigos comunes. Sin rechistar mi padre fue cambiando sus ropas de pescador por un traje elegante y muy formal. Como si fuera a celebrar el fin de año. Mi madre se había puesto un vestido negro y brillante: estaba muy guapa, como la he visto en  sus viejas fotos de adolescencia. Luego salieron hacia la Playa. Me quedé solo en la casa, y desde una balaustrada amplia y serena contemplaba las costas del norte, envueltas en un cendal de maravilla. Se hacía de noche, pero los bordes del mar, las estrellas y los arrecifes de lava yacían cubiertos de una luz naranja y roja tan hermosas que me hicieron sentir una profunda calma. Al poco tiempo me vi caminando yo también hacia la Playa, donde mis padres debían estar celebrando una fiesta. Iba por el camino de piedras, con una varita en la mano. Pero al llegar, San Marcos estaba vacío, no había nadie, ni edificios, ni los pescadores con sus barcas en la arena. Era la playa del siglo dieciocho. Las pocas luces que había eran las de unos candiles que la brisa agitaba hasta casi apagarlos. Alguien, al fondo, cuidaba de encenderlos. A lo lejos, en lo alto del gran valle de Y., pude escuchar músicas, extrañas músicas que bajaban apagadamente entre las huertas, hasta el mar, hasta mí. Pensé que la fiesta de mis padres tenía lugar en otro sitio. Regresé preguntándome si acaso era la noche de fin de año y yo no me había enterado. Decidí volver y de regreso, a la altura de mi casa, encontré a unas gentes que bailaban y asaban pescado bajo tenderetes de cañas y palmera. Parecían muy felices, aunque cuando yo pasé a su lado no hicieron nada por saludarme o invitarme. Entre el grupo de personas, encontré a M., que al verme se acercó a mí alegremente para besarme en las mejillas. Estaba gorda, fea, mal vestida. Junto a ella vi a su madre, que pese a todo parecía mucho más joven que M. Estaba allí también su hermana, delgada e inexpresiva. Y un hombre que decía ser su padre, aunque bien sabía yo que aquel hombre no podía serlo, pues era alto, bien parecido y de modales exquisitos. Nos saludamos todos, muy formalmente, tras lo cual pregunté si aquella era precisamente  la noche de fin de año. Todos me miraron y se rieron de mi ocurrencia. M dijo que por su puesto que no era la noche vieja: «Hoy es treinta y uno de diciembre», señaló. La contradicción me enervó súbitamente: «Entonces sí que es fin de año, y mis padres no me dijeron nada». M. repuso: «Pero qué te pasa. Te dije que no es fin de año. ¿Estás perdido? ¿Te encuentras bien?» No podía creer lo que me había ocurrido, y me enfadaba que fuera la noche del treinta y uno de diciembre, que aquella gente estuviera celebrando la noche vieja en el siglo dieciocho y que a mí no se me hubiera dicho nada, y que, para colmo, me lo ocultaran con socarronería. Desperté.