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Inmaculada
Marina Cano
La bañera respiraba emanando el humo de un día de invierno, a la vez que el vaho se depositaba sobre los azulejos como un velo que quisiera taparles la cara. Ella contemplaba su imagen en el espejo: alrededor de sus ojos se arremolinaban miles de hendiduras, como peldaños que tendían a aproximarse más y más, hasta casi formar una escalera de caracol. Continuó observando su rostro ¿Quién era esa mujer que se encontraba allí, frente a ella? ¿De quién eran esos labios y esos ojos? Al rato su imagen se desdibujó; sus rasgos difuminados e indistinguibles se encontraban cercados por un marco de vapor de agua, un cuadro indigno de ser colgado.
Una bañera inmaculada la esperaba, una bañera fría en un cuarto de baño nevado. Sumergió en ella su cuerpo, su figura helada en una habitación nubosa. Dagas de hielo la traspasaron por completo, o tal vez no. Apoyó su espalda sobre una superficie de nácar, tumbándose junto al olvidado mango de la ducha, estropeado desde hacía ya demasiado tiempo. El cuarto de baño había recibido la visita de los copos de nieve, y las paredes eran una cuajada de los Alpes Suizos. Cerró los ojos y dos níveas perlas recorrieron su garganta, hasta que el blanco se volvió negro.
